dilluns, 15 d’agost de 2016

Fòrum 2004: apuntes sobre experiencias del espacio y la inanidad



FÒRUM 2004: APUNTES SOBRE
EXPERIENCIAS DEL ESPACIO Y LA INANIDAD
[X CONGRESO DE ANTROPOLOGÍA DE LA FEDERACIÓN DE ASOCIACIONES DE ANTROPOLOGÍA DEL ESTADO ESPAÑOL,
2005, Sevilla]
Gerard Horta

Introducción
En 1997 el Ayuntamiento de Barcelona presentó públicamente el Fòrum Universal de les Cultures Barcelona 2004. Se trataba de organizar un evento que conllevaría la realización de centenares de debates y diálogos entre “especialistas” y ciudadanos –los “diálogos”, en el caso de ciudadanos anónimos con la voluntad de participar en ellos, previo pago de cantidades que oscilarían entre 60 y 300 €– centrados en tres ejes: “la diversidad cultural, la sostenibilidad medioambiental y la paz” –éste, reconvertido sutilmente a partir del inició del espectáculo en “la creación de condiciones para la paz”–. Paralelamente, debería albergar la celebración de una elevada multiplicidad de espectáculos y muestras de carácter apologético en torno a las actividades de incontables ONG. El Fòrum, en efecto, se llevó a cabo del 9 de mayo al 26 de septiembre de 2004. Si bien las previsiones de asistencia que se hicieron públicas en 1997 por parte del Ayuntamiento de Barcelona apuntaban a la cifra de 25.000.000 de visitantes, éstas se fueron reduciendo paulatinamente en vista de la gélida respuesta de la ciudadanía: el alcalde Joan Clos situó más adelante la previsión de asistentes en 7.000.000 de visitantes; en junio de 2004 –ya iniciado el macroevento–,1 la propia organización había rebajado la cifra hasta 5.000.000; a finales de julio, la organización informaba repecto al número de visitantes dando la cifra de 1.479.177; al cabo de unos días, se estableció la cantidad definitiva prevista de visitantes en 3.000.000. La confusión absoluta entre número de entradas vendidas, número de visitantes y número de visitas prevaleció enigmáticamente antes, durante y después del macroevento. La experiencia del antropólogo en el recinto condujo a cuestionar frontalmente las cifras oficiales finales (Horta 2004: 172-173), constituidas en sí mismas en el reflejo obvio del rechazo ciudadano al Fòrum, articulado mediante una práctica tan sencilla como contundente: no asistir al recinto.

La comunicación siguiente se fundamente en la propia observación sobre el terreno realizada durante quince días de julio y agosto de 2004 en el Forum 2004 (para el desarrollo teórico y etnográfico, Horta 2004). La investigación sobre los usos del espacio por parte de los viandantes frente a la normativización de tales utilizaciones por parte de la Administración en los espacios reabiertos al tráfico de transeúntes (5 hectáreas sobre las 30 del conjunto del recinto) una vez concluido el macroevento se efectuó también a lo largo de noviembre y diciembre de 2004 y enero de 2005 (Horta 2005), y su continuidad estaba prevista a partir de abril de 2005, cuando se hubieran reabierto nuevos espacios (explanada del Fòrum y parque del Nord-est) del exrecinto del Fòrum.

La tremenda distancia existente entre el imaginario oficial y mediático de lo que pretendía ser el Fòrum y la realidad de los contenidos y las operaciones inherentes a su desarrollo, frente a demandas sociales que no se veían recogidas, explicaría el fracaso en el que se vio comprometido. La ciudadanía barcelonesa en particular, y la catalana en general, se desentendieron de un inmenso espectáculo cuya finalidad consistió en legitimar diversas operaciones urbanísticas, a la vez que se consagraba públicamente una vez más la imagen de Barcelona como ciudad modélica, reclamo para el turismo internacional. Las transformaciones en los barrios circundantes (Maresme, Besòs, la Mina y la Catalana) –en los término municipales de Barcelona y Sant Adrià de Besòs–, iniciadas en mayor o menor grado años atrás, debían tomar un nuevo impulso a raíz del Fòrum. Bajo la dirección planificadora del Consorci del Besòs y del Consorci de la Mina, tales modificaciones y reordenaciones urbanísticas están transformando ostensiblemente centenares de hectáreas a fin de “esponjar” determinados núcleos urbanos convertidos bajo el desarrollismo franquista de los años sesenta en auténticos guetos. Independientemente de los usos socioespaciales que genere la nueva planificación del recinto del Forum (y de los barrios adyacentes), el problema de fondo continúa siendo la falta de recursos disponibles destinados a la integración social en ámbitos donde se reflejan conflictivamente los efectos derivados de las dinámicas de una sociedad cuyo modelo de organización de las relaciones entre las personas se basa en los parámetros del capital y el mercado, allí donde el beneficio económico aparece como el máximo referente. Si bien barrios como el de la Mina van a encontrar incentivos sin duda positivos de cara a su apertura interior y simultáneamente exterior (en términos de tránsitos espaciales y de, potencialmente, formas de socialidad encaminadas a superar la exclusión), el recinto del Forum (que albergará dos parques en los extremos norte y sur, un puerto y una inmensa explanada) ofrece más dudas: a parte de los parques (una necesidad generalizada entre el vecindario inmediato y del conjunto del área metropolitana de Barcelona) y del uso del puerto de Sant Adrià (cuya utilización será practicada necesariamente por elites, si se atiende al elevado precio de los amarrajes y al modelo económicamente más selectivo de pautas de consumo que generará en su entorno inmediato), el futuro de la explanada puede situarse como el de un espacio destinado a acoger una quincena anual de grandes espectáculos multitudinarios, yaciendo el resto del año como “zona muerta”, neutra, espacio de tránsito desde los barrios colindantes hacia uno de los dos parques o, en menor medida, hacia el puerto y su área comercial.

Como contextualización previa, vale la pena subrayar que el Fòrum se erigió en la frontera con el Camp de la Bota, uno de los espacios de residencia del proletariado barcelonés a lo largo del siglo XX, hasta su desaparición en 1992 –a raíz de la reordenaciones urbanísticas derivadas de los Juegos Olímpicos–, y uno de los distintos lugares en que la represión del totalitarismo fascista  cristalizó con mayor ferocidad después de la Guerra Civil, puesto que de 1939 a 1952 1.704 ciudadanos antifascistas fueron fusilados en ese barrio. Si el recinto de 30 hectáreas del Fòrum se erige en un lugar inmediatamente próximo a lo que se constituyó como un espacio más del martirio generalizado al que el nacional-catolicismo sometió a la Cataluña republicana, no es simbólicamente desdeñable recalcar que el recinto del Fòrum se construyó al sur, en parte, sobre la Depuradora central de los residuos que Barcelona produce, a la vez que colinda con los barrios trabajadores del oeste –en los cuales abundan deficiencias en cuanto a equipamientos y zonas verdes, y en cuanto a la degradación que sufren muchas de sus viviendas–, la Incineradora central de la ciudad y la Térmica del Besòs al norte, y el mar Mediterráneo al este.

Lejos de desenmascarar directamente, en términos teóricos, el universo de contenidos políticos, culturales y económicos implícitos en el Forum –denunciados en el IX Congreso de la Federación de Asociaciones de Antropología del Estado Eespañol celebrado en Barcelona del 4 al 7 de septiembre de 2002 a través de la “Declaración”, aprobada masivamente por la colectividad antropológica del Estado español (IX Congrés d’Antropologia 2003:161-163)–, la comunicación que se propone para el simposio parte de otro tipo de contenidos intelectuales, obviándose tanto la crítica de los contenidos esencializadores de la cultura y de las interpretaciones estatizadoras de la “diversidad” en calidad de supuesta fuente de conflictos –una perspectiva que excluye los propios conflictos políticos y económicos que subyacen bajo la apelación a las “diferencias culturales” (Comas 2003:21-34)–;  como la crítica de la inserción de Barcelona en el mercado internacional en calidad de símbolo cosmopolita en el orden de la mundialización del capitalismo –polo de atracción turística y de inversiones transnacionales de capital, y escenario de políticas de segregación social en las que la compleja heterogeneidad cultural de la ciudad no encuentra satisfechas sus necesidades (Pujadas 2003:145-160)–.

El objetivo del estudio que se presenta en estas páginas pretende reflejar en qué medida se expresaba la normativización de las experiencias del espacio exterior en el interior del recinto –o sea, de los espacios abiertos al aire libre, de los territorios propios de los paseantes (excluyéndose pues, todo tipo de edificaciones en que se ejercía un control de los accesos, independientemente de si se tenía que pagar o no para adentrarse en ellas)–. La observación sobre el terreno incluyó unas 120 horas de investigación, distribuidas en jornadas que oscilaron entre las cuatro y las 12 horas ininterrumpidas de presencia en el recinto. Se trataba, primeramente, de confrontar de qué forma se había organizado el espacio abierto en el interior del recinto con la forma en que los paseantes –principalmente visitantes, pero también los más de 3.000 trabajadores del Forum– hacían uso de él. Se trataba asimismo de establecer una relación entre la representación oficial del Forum y su materialización respecto a la ordenación de las experiencias del espacio (sonidos, colores, recorridos y accesos, prohibiciones de paso, integración de espacios “naturales” en el recinto, normativización de relaciones entre paseantes, trenecillos y coches eléctricos, iluminación nocturna, etc.).
 
Mapa manual del Fòrum
(homenatge a una antiquíssima tradició etnogràfica).

El principio metodológico inicial de la observación flotante (Petonnet 1982:37-47) fue obligadamente superado –al cabo de las tres primeras horas del día inicial de presencia en el Fòrum–, por la propia observación participante –el antropólogo también como paseante–, sobre cuya se recogió la experiencia del Fòrum de numerosos trabajadores devenidos libremente y de mutuo acuerdo en informantes –personal de acogida de visitantes, basureros, trabajadores de los quioscos de restauración, monitores de los talleres de juegos infantiles, conductores de los trenecillos y los cochecillos eleéctricos, biólogos de los acuarios, miembros de la Cruz Roja, etc.–. En algunos períodos, a medio camino de la flotación y la participación anónimas, practiqué en cierta medida el tipo de metodología no intrusiva preconizada por autores como E.J. Webb (1999). Los diálogos establecidos con transeúntes y trabajadores no fueron el resultado de una búsqueda inmediata de informantes ni se sucedieron bajo la forma de encuestas ya elaboradas, sino que más bien respondieron al tipo de encuentros espontáneos o semiprovocados fruto de la presencia cotidiana del antropólogo en el recinto. Así, el rumbo de la investigación acabó certificando la desolación extrema, cotidiana, de un vasto espacio vacío devenido mero reflejo de un proceso social fundado en el simulacro de una pomposa, fatua y grandilocuente iniciativa de los poderes públicos instituidos, cuya coartada sería “cultural”.

La inanidad como espectáculo sostenido
Inmerso en la cotidianidad del megaacontecimiento, mi experiencia del Fòrum como antropólogo-transeünte no tendría valor alguno si no fuera por el hecho de que a través de ésta se proyectaron las vivencias de algunos de sus trabajadores y las prácticas espaciales de sus visitantes. Se trataba de recalcar “sucesos por regla general triviales, a veces dramáticos, pero siempre significativos” (Malinowski 1986 [1922]:59-61), una ínfima parte de la vida de los visitantes en los espacios al aire libre del recinto, en oposición a la representación institucional y mediática del espectáculo –literalmente insostenible a la hora de confrontarla con lo que pude reflejar posteriormente (a fin de evitar una reiteración de referencias para lo que se narra a continuación, véase Horta 2004)–.

Los accesos exteriores al Fòrum aparecieron diariamente controlados por diversas furgonetas de las Unidades de Intervención Policial (UIP) de la policía española. Más de trescientas cámaras –de hecho, se había cableado el recinto y existían nodos para instalar más cámaras– cubrían el espacio cerrado del Fòrum, en cuyo interior detecté la presencia de mossos d’esquadra y policía estatal uniformados, policía estatal “de paisano” y miembros uniformados de empresas de seguridad privadas –algunos, procedentes de sociedades extraoccidentales–. Los accesos interiores donde se convalidaban las entradas acogían la presencia de personal del Fòrum, vigilantes privados policía estatal y mossos d’esquadra uniformados. Un inmenso rótulo recibía a los visitantes en el interior: “El món et dóna la benvinguda” (“El mundo te da la bienvenida”). El mundo, en efecto, quedaba excluido del espacio exterior del recinto: el mundo era el recinto, y sólo era bienvenido aquél que hubiera pagado para visitarlo. Se apelaba al mundo mientras el propio mundo era expulsado del macroevento.

A lo largo del mes de julio, las docenas de hectáreas del recinto aparecían vacías: la imagen de hectáreas de cemento despobladas producían una sensación de aridez extrema: fuera cual fuera la zona en que me encontrase –independientemente del horario–, la compañía única del Sol, de los trabajadores vestidos de naranja y de grupos de escolares –pequeños y adolescentes– y de jubilados se significaba como el único contrabalanceo posible a una situación de soledad generalizada. Trabajadores naranjas sometidos a férreos controles de su gestualidad, quietos en medio del cemento –bajo el Sol, sólo tras insistentes protestas que efectuaron consiguieron que se les equipase con cremas protectoras y sombrillas– con la mirada perdida; trabajadores de los kioscos de restauración aborrecidos; basureros acudiendo una y otra vez a papeleras relucientes erigidas como auténticos monumentos a la recepción de nada –estaban vacías–; actores de espectáculos de calle sin público que siguiera sus acciones de “pasacalles”; personal de los servicios de limpieza de los lavabos refugiándose, como todos los otros, de la mirada pública a fin de conversar en vista de la falta de trabajo por realizar... La desesperación de las diversas clases de trabajadores creció de mayo a julio de forma evidente. En las dos primeras semanas de agosto, la celebración de concentraciones multitudinarias –Parlament de les Religions del Món (en el cual se prohibió la participación de colectivos socioreligiosos marginados al campo de lo “sectario”) y Festival Mundial de la Joventut (cuya organización despertó en algunos trabajadores evidentes sombras respecto a intereses políticos y económicos en juego)– modificaron temporalmente el estado de las cosas a causa del aumento de actividad derivado de la mayor presencia de visitantes. El día a día del espacio exterior dentro del recinto comportaba la observación de innumerables grupos de escolares y jubilados: carreteados como bestias de carga, por las tardes se veía a gente mayor agotada, desplazándose penosamente, o a niños pequeños exhaustos (“No se puede hacer lo que se está haciendo con los jubilados”, decía un trabajador). Muchos de los unos y los otros visitaron en más de una ocasión el recinto: los primeros, con la escuela, después con “casals” y en verano con las colonias de que formaban parte; los segundos, en visitas organizadas para habitantes de residencias de ancianos o luego, genéricamente, para asociaciones de gente mayor. El número de asociaciones profesionales y de ciudadanos que recibieron docenas de miles de invitaciones permanecerá para siempre jamás como un secreto de los organizadores.


Los trabajadores naranjas eran unos 2.700, contratados no por una oferta pública de empleo, sino a través de una empresa transnacional de trabajo temporal: Randstad. A la hora de distribuir sus ocupaciones, la organización no contempló ni su experiencia laboral ni sus estudios: simplemente distribuyó en el interior del recinto a quienes habían depositado el currículo en las oficinas de Ranstad situadas en barrios pudientes de la ciudad y en el exterior (para ejercer tareas informativas) a quienes lo habían depositado en oficinas situadas en barrios trabajadores. La formación que recibieron fue, en muchos casos, nula. La imagen de naranjas estirados –desde las diez de la mañana hasta medianoche– en colchonetas instaladas bajo carpas para el recreo de menores y de visitantes en general era desconcertante. En julio, el Ayuntamiento informó públicamente de su intención de recolocar a los 300 cargos medios y altos empleados en el macroevento a su finalización, abandonando a su suerte a los 2.700 naranjas. Las informaciones públicas de Ranstad de recolocarlos fueron incumplidas; de hecho, en octubre de 2004 se denunció la aparición en los alrededores del recinto, en la vía pública, de innumerables currículos de esos trabajadores, cuyos sueldos no llegaban a los seis € por hora.

Todo es cemento, parece que esté muerto”, afirmaba un trabajador de la limpieza el 6 de julio. Los pocos visitantes deambulaban caóticamente de un lugar a otro, en busca de exposiciones o espectáculos en espacios interiores. Mi experiencia de desayunos, almuerzos, meriendas y cenas en comedores al aire libre con mesas y asientos para 300, 400 y hasta 500 personas, donde a veces me encontraba literalmente solo, o quizás en compañía de seis, ocho o diez comensales, se repitió durante los días laborables. En los fines de semana, la presencia de visitantes era mayor, aunque de ninguna forma masiva, ni mucho menos. “Esto está desierto”, comentaba otro trabajador. La banalidad de los encuentros fortuitos afloraba como el único signo de vida, sacralizado o profanado (Joseph 1999a:42) en un vasto océano de cemento. Algunas zonas parecían cementerios, ni siquiera visitados por las almas de los muertos en tránsito por la intemperie de una superficie deshabitada: por ejemplo, el conjunto del perímetro del área norte, colindante con la Incineradora de Sant Adrià de Besòs; o el extremo este costero, donde el acuario y los talleres de juegos de aquella zona permanecían despojados de visitantes; o las amplísimas escaleras de cemento adentrándose en el mar, bautizadas y publicitadas a bombo y platillo como “la playa del Fòrum” –lo que más bien debería darse en llamar “la playa del horror”, atendiendo a su infausto diseño y nula funcionalidad–. La playa se había dividido en diez secciones, siete, ocho o nueve de las cuales, hasta agosto, tenían prohibido el acceso de visitantes potenciales bañistas: el motivo que daban los trabajadores que las vigilaban –naranjas y miembros de la Creu Roja– es que había algas y resultaba peligroso bajar al mar. Tras semanas de insistencia, se me dijo por fin que en realidad resultaba más fácil a los trabajadores encargados de esa zona agrupar a los bañistas en una, dos o tres secciones. La plataforma de cemento tenía una extensión de cerca de sesenta metros, por consiguiente, agrupar en una sola sección a los dos, cuatro o cinco bañistas que podían haber en un mediodía de julio –inexistentes en el período anterior– les facilitaba su tarea de vigilancia y control. A pesar de que la propaganda institucional exigía que los bañistas fueran provistos de chancletas fijas o sandalias de mar para no resbalar por las escaleras al entrar o salir del agua, pude comprobar en más de una ocasión que las mujeres basureras encargadas de limpiarlas de algas trabajaban descalzas. El control sobre los pasos de los transeúntes en determinadas áreas devino absoluto.

La atmósfera del recinto desprendía olores más o menos putrescentes –en función de las direcciones de los vientos– procedentes de la Depuradora confrontante: la mitad de la instalación, al aire libre, limitaba con el perímetro sur del recinto (ocultada por muros de cemento de dos metros de altura o por muros más bajos con rejas metálicas cubiertas de telas de colores para evitar la visión estéticamente “discordante” con la imagen que desprendía el espacio), mientras que la otra mitad permanecía bajo el subsuelo del recinto. Ésta emitía un sonido persistente, acallado por los distintos focos de sonido del Fòrum. Así, acompañaba a los recorridos de los visitantes en las zonas próximas a la Depuradora. En esos espacios amplísimos se superponían los sonidos cambiantes de los altavoces que surcaban la totalidad del espacio al aire libre del recinto. La multiplicidad de puntos de emisión sonora era imponente: se estuviera donde se estuviera, no parecía que el sonido procediera del mismo lugar. Siguiendo a Augoyard (1997:210), el “vehículo de la presencia universal de la instancia política [...], el sonido [...] puede transformar radicalmente la organización, las funciones y los usos del espacio”. El tipo de régimen sonoro presente en el Fòrum confundía “por todas partes” con “en ninguna parte”: tal ubicuidad provocada por las coalescencias sonoras –altavoces de espectáculos distintos mezclándose en el espacio y transformando en inaudible el espectáculo al cual se asistía– derivaba en experiencias sonoras desconcertantes, cuanto más y ante uno actuaban sufís californianos apelando a la trascendencia. Los territorios no estaban delimitados claramente por sonidos, puesto que éstos se superponían una y otra vez, confundiéndose hasta el paroxismo. El contacto entre los diversos espacios y la separación que efectuamos de ellos a través de los sonidos perdía, en el Fòrum, su sentido, ya que los propios sonidos se metabolizaban mediante permutaciones y combinaciones jerarquizadas sin continuidad duradera, desordenadamente. En más de una actuación musical al aire libre me encontré con que una canción emergía como figura y se acababa perdiendo como fondo (Augoyard 1997:207-208). El tiempo entre composición y composición se espaciaba. Los grupos se detenían a la espera y en búsqueda de un silencio imposible, rematado por el vuelo de helicópteros, visitantes habituales del espacio superior del recinto. No resulta sencillo aclarar qué tipo de atmósfera urbana cristalizaba en el Fòrum, la que nace del cruce de sensaciones múltiples –sonidos, olores, colores, la lluvia y el viento, las diversidades físicas, visuales, culturales... (Augoyard 1979:111)–. El colorido predominantemente era el gris del cemento, en contraste con el de los rótulos indicativos de áreas concretas, espectáculos, señalizaciones de paso; en la zona costera podía respirarse el aroma salado del agua del mar, si bien al sur del recinto dominaba la pestilencia procedente de la Depuradora –en el suelo se instalaron unos dispositivos que escupían vapor mezclado con especias para suavizar los malos olores, así aumentaba la sensación de humedad del ambiente–; los sonidos se solapaban unos a otros infernalmente en la mayoría de ocasiones –los de los propios espectáculos con los anuncios de los altavoces en torno a las actividades programadas–; el origen local del sonido quedaba suprimido, de forma que el sonido llenaba pero no separaba los espacios: turbador, su procedencia era indiscernible, la identidad de la emisión se evaporaba, y la identificación formal de los diversos lugares aparecía banalizada, como si el territorio se desterritorializara en términos sonoros (Augoyard 1997:209).


La trabajadora de un kiosco de restauración me decía no hi ha ningú cap dia de la setmana (“no hay nadie ningún día de la semana”). Por eso, al estudiar los espectáculos que se efectuaban al aire libre, comprobé que en aquellos que mostraban una intención de devenir pasacalles, la falta de gente se constituía en un obstáculo. Con todo, los pocos visitantes tampoco mostraban la voluntad de seguir el recorrido de los espectáculos por el espacio: permanecían quietos viendo cómo estos se desplazaban por el recinto. Lo más sorprendente consistió en constatar, una y otra vez, que en los contados casos en que los transeúntes seguían las procesiones lúdicas, si se acercaban demasiado –y no sólo los niños– a los actores, eran inmediatamente apartados por trabajadores naranjas que organizaban cordones de seguridad alrededor del espectáculo ambulante, temerosos de que se produjese algún tipo de accidente o de que se entorpeciera la marcha cronometrada de la actividad. Los recorridos por el recinto de estos espectáculos estaban absolutamente pautados por la organización: exclusivamente hubo uno, en que participaban dos payasos montados en un pequeño coche de dos pisos –disfrazado de payaso y arriesgando hasta extremos inconcebibles mi consideración como etnógrafo, tuve el honor de acompañarlos una tarde entera–, que improvisaba sus trayectos, a pesar de los intentos de la organización de normativizarlos. Una turista sevillana definió a estos payasos como “lo mejor del Fòrum” –de hecho, coincidí con ella–. El resto de espectáculos de calle desmentían no sólo la tradición participativa de la ciudadanía catalana en fiestas callejeras del tipo pasacalles, sino el propio mensaje de participación que se desprendía del Fòrum: se apartaba a los espectadores de los pasacalles. El potencial del espacio abierto como espacio mediúmnico (Delgado 2003:27), el salto de universo a universo por parte de los paseantes, era reiteradamente diezmado en el intento de fijar a los transeúntes en recorridos preestablecidos. “Esto es como la Expo”, resolvía otra turista. Se trataba de mantener el espacio “en buenas condiciones para una red de encuentros y desplazamientos tan ordenados como fuera posible”, a fin de evitar “una exuberancia perceptual y simbólica que lo hace ininterpretable en una sola dirección” (Delgado 2002:16).


El 16 de julio la Fundación Esclerosis Múltiple organizó un acto en la playa con la presencia del alcalde de Barcelona, Joan Clos, cubierto por docenas de periodistas. Se había señalizado un carril en el agua y por cada nadador –en función de la distancia recorrida–, diversas empresas harían donativos a esta fundación de apoyo a los enfermos de esclerosis. Durante una hora y media nadó una sola persona –uno de los payasos mencionados, fuera de su horario laboral–, aunque la prensa escrita y gráfica barcelonesa informó al día siguiente de que habían sido docenas. No podría descartarse la posibilidad de acudir a Durkheim en tales circunstancias: “Si se denomina delirio a cualquier estado en que el espíritu va más allá de los datos inmediatos de la intuición sensible y proyecta sus sentimientos y sus impresiones sobre las cosas, quizás no existe ninguna representación colectiva que, en algún sentido, no sea delirante; las creencias religiosas sólo son un caso particular de una ley muy general...” (Durkheim 1987 [1912]:243).

No sería plausible asignar a categorías descriptivas determinadas –independientemente de cuáles fueran– un territorio concreto del Fòrum: los visitantes se mezclaban entre ellos en el espacio, y todo tipo de paseantes acechaban las paradas de trenecillos para desplazarse de un extremo a otro sin tener que andar. No podría hablarse, pues, de territorialidades fijas –por otra parte, haberlo hecho no representaría más que un efecto provisionalmente aparente y circunstancial de la asignación de un grupo a un lugar (Augoyard 1979:85-87)–. Había, eso sí, zonas prohibidas: por ejemplo, las áreas enjardinadas, en las cuales se colocaron cordeles para evitar el paso de transeúntes –zonas de césped, o con árboles que separaban pequeños caminos sinuosos a niveles distintos y que los visitantes cruzaban como sendero para acortar los recorridos–. Todas las apelaciones a la integración de la naturaleza fueron desmentidas por la fijación absoluta de la organización respecto a la posibilidad de que los visitantes se hicieran daño. Estos potenciales senderos implicaban una mínima posibilidad de accidentarse –además de un atentado al mundo vegetal, aplastado–, como sucedía en el área costera, donde se evitaba el paso por algunos lugares. Al sur, tras el pequeño escenario situado al lado del acuario –peces sometidos sin duda a una fuerte tensión auditiva–, el acceso a un conjunto de rocas colindantes con la salida de aguas y demás de la Depuradora, fui testigo en diversas ocasiones –incluso interpelando a los vigilantes sobre las razones de su fijación– de la expulsión inmediata y verbalmente intempestiva de transeúntes de esa zona. “En una sociedad compleja, la desorganización social no es más que el hundimiento de una de las partes del todo; pero el todo no está suficientemente integrado, tan férreamente para que se tenga que hundir”, como escribiría Goffman (1967:13). A pesar de alguna situación delicada por la carga de agresividad explicitada en las discusiones entre paseantes y vigilantes, a su alrededor todo seguía a su ritmo, incluso mi propia experiencia de las situaciones y los espacios, las conversaciones espontáneas o semiprovocadas como transeúnte, las interacciones entre las personas y el todo del entorno... (Cosnier 2001:15-17). Los informantes de quienes recibí motivos de confianza supieron que este transeúnte también era un antropólogo observando un proceso social, la transformación de un espacio.

En el Fòrum, la actividad física de los paseantes, su gestualidad, conducta y actitud sociales reproducía la de los urbanitas: una cierta reserva. En el universo urbano, como estableció Simmel (1986 [1903]:253), contactar con todo el mundo conduciría a una atomización imposible, en la cual los transeúntes caerían en una constitución anímica completamente inimaginable; además, existe el derecho a la desconfianza ante aquellos elementos de la vida de la gran ciudad que “nos rozan ligeramente en efímero contacto”, y, está claro, la “desatención cortés” a que se refería Goffman (1991 [1964]:132) en el contexto de lo que llama “situaciones sociales”, o, en palabras de Quérré y Brezger (1993:91), la “inatención civil”: “una forma muy precisa de atención, de tener en cuenta la copresencia del otro y el trato de las personas”. Ahí, el espacio público es susceptible de aparecer como “un terreno dominado por el desconocimiento mutuo entre sus usuarios, donde los individuos confían en que con su aspecto habrá suficiente para definirlos” (Delgado 2003). Sin embargo, incluso esas formas de socialidad características de la vida urbana estaban condenadas a no producirse, por ejemplo en los lavabos donde miccioné solitariamente: lavabos asépticos con 15 tazas de váter y 15 receptáculos para micciones, vacíos, en los que me encontraba inquietantemente solo junto a los mosquitos que me observaban –mientras pensaba en las referencias a tales imperativas necesidades fisiológicas por parte de Duneier (2001:353) en su investigación sobre los vendedores ambulantes de periódicos en Nueva York–.

Tal desolación no dio paso a estudiar (siguiendo los pasos de Lincoln/Schenkein 1974:266-267) colisiones entre transeúntes: las rutas de navegación estaban vacías. Un alud en la entrada a un espectáculo por la noche del 5 de agosto fue la única excepción (empujones, insultos, quejas, golpes, vallas caídas, heridos, gritos, sollozos), fruto de la incompetencia organizativa. La concordancia convenida (Goffman 1971:32) a la hora de evitar atropellamientos no fructificó plenamente. Los 60 cochecillos eléctricos para trabajadores de alto grado y transporte de periodistas y invitados destacados campaban a sus anchas, desafiando a veces groseramente a los transeúntes –se produjo un atropello en que una mujer mayor resultó herida de importancia (una pierna rota), y otros sucesos menores–, o bien pacificadoramente, saludándolos verbalmente para anunciar su presencia, puesto que casi no emitían ningún sonido. El caso extremo de dos jóvenes turistas durmiendo sobre el cemento a plena tarde de un día de agosto, como si sus cuerpos pareciera que fundaran –de la lápida al cadáver– un lugar en forma de tumba (Certeau:130), sin interrumpir el tránsito de coches y paseantes –en vista de las dimensiones del espacio– finalizó con la invitación de los vigilantes de seguridad a que depusieran su actitud pasiva. A pesar de que su presencia no significaba ningún problema, se proyectaba sobre estos jóvenes la presunción de un conflicto.

En agosto, durante el Festival Mundial de la Joventut, los participantes se reunían bajo la Placa fotovoltaica, transformada en discoteca nocturna: las noches afloraban como frontera (Conord/Mouhid/Gisquet/Deprée 1994:142-144), el espacio público como límite, jóvenes desconocidos entre ellos libres al fin de experimentar la oportunidad de llevar a cabo conmutaciones infinitas de sus autorepresentaciones: superficialmente o, bebidos, sin ambages. Chicos y chicas venidos de lejos cuya experiencia común de la noche reforzaría la cohesión intergrupal en medio de juegos de seducción e incertidumbre en los encuentros con miembros ajenos al grupo, paso previo a quizás una exogamia tan obligada como deseada. Si la cultura fuera un fluido, esas noches anunciaron danzas salvajes en tierra extranjera, nuevas hibridaciones líquidas, intercambios de flujos, y el paso de la sedentarización discotequera al nomadismo forzado en busca de un lugar oscuro en el que culminar el acto, consecuencia placentera de –siguiendo a Goffman (1976)– intenciones desplegadas a fin de reconocer el tránsito a comportamientos hacia el curso de sucesos situados en contextos de nuevas fusiones. Iluminación generalizada, focos por todas partes: con todo, los jóvenes encontraron resquicios para materializar los frutos de la pasión, más allá de la angustia por las dimensiones globales de la fragilidad instalada en nuestra cultura (Bestard 1993:28) ante una naturaleza mercantilizada y –como lo fue en el Fòrum– casi encerrada, e incluso más allá de los vigilantes del propio Fòrum.
  
Conclusiones
Se han expuesto muy brevemente algunos apuntes sobre una observación etnográfica en el recinto del Fòrum durante su celebración. El Fòrum formaría parte del tipo de operaciones institucionales implicadas en la lucha del poder “por no dejarse esfumar por el olvido y por crear las condiciones de sus propias conmemoraciones futuras” (Balandier 1994:24). Encarnaría una parte de Barcelona caricaturizándose a sí misma, ofreciendo al mundo mundial lo que Duvignaud (1977:20-21) llamaba una falsa apariencia, algo que no se podría impugnar si esa era la conciencia de existir que estos mismos sectores sociales “pudientes” de la ciudad tienen hoy. Quizá lo impugnable sería cómo esa materialización de la conciencia cristalizó bajo la imposición de unas elites económicas y políticas sobre la ciudadanía barcelonesa.

Tras estos apuntes, reflejos de cemento desnudo –la ausencia de flores se resolvió en agosto instalando parterres por distintas áreas del recinto–; de papeleras inmaculadas –“Esta limpio porque no hay gente”, según decía otro de los diversos barrenderos-informantes (omití sus nombres, y en muchos casos modifiqué la franja horaria y los días en que entablábamos conversación a fin de impedir su identificación mediante las cámaras y posibles represalias laborales)– que en algunos casos se concentraban provocando una sensación de exceso –en la medida que permanecían impolutas– y de una cierta fealdad en determinados entornos; auditorios al aire libre desiertos –tan sólo “El Gegant dels Set Mars”, con una capacidad para 3.500 espectadores, mantuvo un buen número de asistentes de mayo a septiembre (ese mismo auditorio se estaba hundiendo unos centímetros en su parte superior a mediados de agosto, se colocaron conos para evitar el paso del público en el área afectada)–; zonas costeras vacías ante el mar eterno; pasacalles sin acompañantes; comedores sin comensales; trabajadores de todo tipo asqueados; oficinas para paseantes perdidos sin nadie en su interior; tiendas despobladas de consumidores; peces muertos –en marzo de 2005, la Agència Catalana de l’Aigua todavía no ha hecho públicos los análisis del agua del mar colindante al recinto (¿plomo, cobre, cromo, cadmio, hierro, manganesio, tensoactivos de detergentes y organoclorados...?), algo que desconoceremos para siempre puesto que nunca afirmó que los haría públicos: véanse las denuncias efectuadas en el mapa despegable anónimo, de distribución gratuita, De qué va realment el Fòrum (2004)–; superposición infernal de ruidos persistentes y entremezclados, silencios angustiosos y extraños; miradas de desconsuelo, cansancio y hastío, y risas, juegos, voces, “¡Mama, haz una foto para la abuela!”, ¿Quién quiere tortilla de patatas?”, “¿Por qué los japoneses no creen en los principios éticos?”, “¡Qué mierda de verano, la lluvia!” –eso que llamaríamos conversaciones paralelas, tolerancia al cotilleo, dispersión de la heterogeneidad social en el espacio dramático (Joseph 1999b:15-16)–; hambre de bocadillos requisados en los controles de acceso; perros recluidos en las perreras exteriores del recinto; cucarachas y ratas nocturnas, mosquitos en los lavabos; helicópteros y aviones sobre el recinto culminando un ensordecimiento insoportable; cochecillos esquivando transeúntes o jugando a cazarlos; trenes –sin pasajeros hasta agosto– dañando un pavimento maltrecho antes del inicio del espectáculo –y modificando su recorrido por tal razón, aunque la organización no informara de ello (un trabajador me comentó que el cemento de buena parte de la zona costera del recinto se había elaborado con el agua del mar, de ahí su baja calidad)–, una Placa fotovoltaica que nunca abasteció de electricidad a la red general a pesar de las informaciones contrarias que se ofrecieron; penosas condiciones laborales y salarios de miseria; restos de obuses y proyectiles de la Guerra española bajo el suelo del recinto –según la denuncia de un informante–... una paz pacificadora a la fuerza de conflictos ocultados, una falacia no convenida, una experiencia colectiva insostenible, resquebrajada, hundida desde su comienzo en sus propios cimientos, movimientos múltiples a través de un espacio maldito en una ciudad obligada a sepultar su propia memoria, una ciudad que desde 1714 ha perdido todas las guerras y que decidió no acudir al Fòrum porque ello no hubiera supuesto más que certificar la pérdida de una dignidad duramente conquistada, quizás una cierta conciencia del dolor y la injusticia del pasado y del presente, de los capítulos cotidianos de nuestras historias colectivas. En nombre de la cultura como nueva religión de Estado (Fumaroli 1992), y en nombre de la paz, la exposición que atrajo mayor número de visitantes fue la de “Los guerreros de Xi’an”. Su apoteósico triunfo conllevaría dos posibles apuntes: por una parte, la constatación de que al cabo de miles de años estas antiguas figuras reafirmaban en público la forma en que se ganan las batallas en el planeta Tierra; por otra parte, el hecho de convertir a los visitantes en testigos involuntarios de su propia derrota, la de unos guerreros orientales devenidos, por un puñado de dólares, piezas de exhibición para occidentales. En palabras de Jim Morrison, “No puedes tocar estos fantasmas”... De hecho, ¿cómo tocarlos, si la participación de los visitantes del recinto era lo de menos? –contrariamente a lo que se proclamaba–; no fue la insensibilidad de los barceloneses ante “las grandes propuestas éticas que se planteaban, o su incapacidad intelectual en orden a disfrutar de la excelente oferta artístico-cultural que se les brindaba”, como ha escrito Delgado (2005), lo que motivó el descalabro del Fòrum, sino la conciencia de que tras cada nuevo macroevento Barcelona debe afrontar su propio despedazamiento bajo las dinámicas de la mundialización del capital y del “café para todos” de la “transacción democrático-autonómica”. Igual que el Carmel, Barcelona descendiendo a las entrañas del subsuelo de una historia oscurecida.

La máxima prueba de que afirmaciones como estas no solapan la certidumbre de lo que se sostiene consiste en la invisibilización absoluta del Fòrum tras la clausura del macroevento: de los 300 millones de euros de presupuesto, 79,1 millones se destinaron a publicidad y marketing. Especialmente durante los meses anteriores, y de mayo a septiembre del 2004, medios de comunicación públicos y privados enaltecieron la celebración a cada segundo, con agobiante insistencia exenta de debate (anecdotización, silenciamiento y frivolización de los movimientos sociales clasificados como “antiFòrum”). Después del 26 de septiembre, el Fòrum se desvaneció tal como había llegado: a través de la nada. Toda posibilidad de debate fue asfixiada desde el universo institucional y mediático. De repente, había dejado de existir. Ante la nada, un mundo expectante, una sociedad dispuesta a mostrar con vehemencia sus opiniones –como sucedió durante la presentación de las fiestas de la Mercè en la plaza de Sant Jaume el 24 de septiembre, donde centenares de manifestantes expresaron su rechazo al Fòrum: por primera vez en la historia reciente, el alcalde no salió al balcón a saludarlos–,2 lanzada de nuevo a las mazmorras del silenciamiento, viejo territorio conocido de gentes ingobernables que acechan desde lo aparentemente invisible de su presencia anónima en las calles, predispuestas a todo aquello que ningún esquema clasificatorio pueda recoger... a cualquier otra cosa, lo que sea, pero no a “esto”. Ante ellas, el ahora.

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1. Se utiliza la noción de “macroevento”, tomada de Beatriz García (2004: 2), en el sentido de que “la obtención o creación de eventos de gran formato o ‘macroeventos’ se ha convertido en un objetivo clave en la política de regeneración y promoción de ciudades aspirando a mantener o incrementar su proyección internacional. Un macro-evento se caracteriza por su carácter temporal –es infrecuente que ocurra más de una vez en la misma ciudad–, su capacidad de atraer a un gran número de visitantes con nacionalidades muy diversas y su capacidad de atraer la atención de medios de comunicación con una resonancia global”.
2. Las manifestaciones de rechazo al Fòrum fueron diversas a lo largo del año 2004, incluso una de ellas, el 18 de julio, consistió en una ocupación del recinto por parte de los miembros de la Assemblea de Resistències al Fòrum, contestada con violencia por parte de algunos vigilantes privados. Las filmaciones de los incidentes efectuadas por trabajadores del recinto fueron requisadas por la dirección del Fòrum y no se transmitieron a los medios de comunicación.